Hoy Madrid parece cansada de sostenerse en pie. Las columnas chirrían bajo el peso de los edificios, los balcones se lamentan de su lumbago, los portales exhalan suaves bocanadas de aire helado que ponen los pelos de punta a los transeúntes.
Los años hacen mella en la metrópolis que vio crecer al mundo a su alrededor.
Los días han ido pasando inexorablemente. Tienes la sensación de haberlos exprimido al máximo, y sin embargo, miras atrás y crees verlos vacíos y monótonos. Trece semanas, y no eres capaz de recordar lo que sucedía en tu cabeza antes de poner tus pies entre estas cuatro paredes.
Kilómetro 0, y las cuentas aún no salen a mi favor.
Trece semanas, y parece que el tiempo solo está ahí para joderte la vida, para que apures hasta el último sorbo del vaso de las experiencias inolvidables.
Porque cuando quieras darte cuenta, ellas ya habrán volado lejos, y tú cerrarás el puño intentando atrapar una ráfaga de viento: las oportunidades que has dejado pasar.
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